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IMPORTANCIA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL ACTUALMENTE

 

La vida, esa oportunidad única de existir en un espacio preciso de tiempo y lugar, atravesando diferentes momentos evolutivos,  se está convirtiendo para muchas personas en una experiencia  marcada por la desdicha debido a  la incapacidad de manejar los retos que a diario nos plantea el hecho de vivir.

Los profesionales especialistas sobre el tema (Organización Mundial de la Salud)  manifiestan que el pronóstico es sombrío respecto a la salud mental en el 2020, porque   los  seres humanos son presa  fácil de emociones negativas y gracias a la intolerancia  se   responsabiliza  a los demás de los tropiezos personales, sin reflexionar sobre cómo sus comportamientos inciden en los resultados obtenidos. Estas justificaciones  internas facilitan que la ira, el rencor o la agresividad se apoderen fácilmente de la voluntad y no se logre aprender de los errores o las experiencias.

Por lo general se tiende a confundir las emociones y no admitir su impacto en el  comportamiento. Lo que lleva a muchos jóvenes  y  adultos,  hoy  día, a encerrarse en si mismos para proteger su vulnerabilidad emocional,  por  temor a sentir dolor , a ser  defraudados por creer en alguien ,  o comprometerse  a defender causas  que pueden perderse.

Los que  incurren en esta desesperanza aprendida frente a situaciones problemáticas, terminan  sintiéndose  cada vez más solos, desconectados de la naturaleza y atrapados en vidas sin sentido por su amargura.

Todo esto, nos lleva a cuestionarnos sobre el grado de  inteligencia emocional  que poseemos y la forma como estimulamos la misma en nuestros hijos.

La inteligencia emocional es definida como la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, además  de contar con  la habilidad para manejarlos. El término fue popularizado por Daniel Colleman, psicólogo estadunidense en 1995, quien estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones.

La identificación de emociones  implica por lo tanto  estar más relacionados con  el sentir y la aceptación objetiva de los hechos. Pero lo anterior  se dificulta  porque   la  sociedad actual  gira mucho alrededor de evitar frustraciones, o  tomar decisiones sin tener en cuenta los sentimientos que impulsan la acción.

 Desarrollar  mecanismos  conscientes de autorregulación y auto motivación que  nos pueden acercar a construir  un nuevo  aprendizaje de la realidad emocional individual y colectiva, exige ante todo el esfuerzo de tomar nuestras propias emociones en serio, pero eso es algo para lo que no nos han entrenado en ningún momento.

La aptitud emocional no se puede mejorar  repentinamente porque el cerebro emocional tarda semanas y meses en cambiar sus hábitos, pero a través de la práctica es posible  llegar al punto en que un hábito nuevo reemplaza a otro improductivo.

Los estudios clínicos realizados sobre cambios de conducta demuestran que, cuanto más tiempo pasa alguien esforzándose por cambiar, más durable será ese cambio. 

Sin embargo para encauzar, dirigir y aplicar las emociones  se tiene que partir de generar cierta disciplina, aspecto que a veces los padres no saben como  incitar en sus hijos, ni en si mismos con el fin de conducirlos mejor. La falta de tiempo para interactuar con ellos es una de las razones más frecuentes  por la que los padres no les resulta fácil esta labor, motivo por el que se empieza a delegar en la escuela  toda la responsabilidad del proceso formativo de la inteligencia emocional de sus hijos, sin tener en cuenta que el tiempo y el ambiente escolar no están diseñados para albergar totalmente este delicado proceso. Sobretodo cuando ese  empeño precisa de empezar  a capacitar a los docentes y directivos  en esa dirección. 

Por eso hasta cuando el currículo escolar pueda abrirse y fomentar la inteligencia emocional de los estudiantes de una forma más directa y sistematizada, resulta importante  que los padres empiecen por:

1. Esmerarse en conocer realmente los sentimientos, emociones e intereses de sus hijos a través de un verdadero compartir.

2. Saber aceptar las características personales de cada uno, sin justificar fallas o idealizar recursos.

3. Enseñarles a asumir responsabilidades y superar inconvenientes o frustraciones con una actitud de confianza en las propias capacidades, sin caer en facilitarles todo para que obtengan el objetivo que persiguen o  evitarles inconvenientes.

4.  Transmitirles el respeto y el valor por todo lo que poseen y les rodea, motivándolos a ser agradecidos  antes de exigir o criticar.

5.   Ayudarles a ser tolerantes revelándoles que el dolor o los conflictos si se enfrentan con valor y esperanza, les harán más fuertes y mejores personas.

Debido a que las emociones, los pensamientos y las acciones se mezclan para producir un comportamiento determinado, nuestras estrategias para forjar una educación emocionalmente inteligente debe  aspirar a forjar cierta armonía realista y practica entre lo que se siente, se piensa y se hace.

Forjar una sociedad más sana emocionalmente depende en  parte de la decisión  que tomemos diariamente de manejar mejor nuestras emociones, y motivarnos a vivir guiados por unos valores que nos permitan ser mejores seres humanos.

 

María del Rosario Cabarcas Oeding

Psicóloga, especialista en Pedagogía

 

Bibliografía:

inteligencia emocional, inteligencia emocional social de Daniel Colleman.

Brújula para navegantes emocionales ,Elsa Punset  

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